Mientras seleccionaba ese puñado de canciones y discos no podía dejar de pensar en todos los ataques de ansiedad del mundo de afuera, en todos los evangelistas que señalan y recopilan los síntomas de un planeta que vive antojado de vicios apocalípticos. La corriente, tan normal y sometida al azar, deja un año aburrido en su propia confusión, agotado de provocaciones, vaivenes y miedos políticos, económicos, culturales y biológicos salpimentados por tantas vanidades de “selfie”. No valen la pena los detalles acerca de lo que está sucediendo allá afuera, no ahora. Ya no sirve jugar a añadir un absoluto más.
Más inofensivo aún si se hace de canciones enmarcadas en la inútil novedad del calendario de un año exacto. Por fortuna no hay nada inteligente en hacer un listado de canciones preferidas. Bienvenidos.
Frente al relato complejo (y acomplejado) de la realidad, a la par del desengaño, se me antoja como sobresaliente contrapunto alterar el tono de los sentimientos nostálgicos del fin del 2014 con una banda sonora básica, un catálogo de canciones que funciona como mapa (aparentemente simpático, claramente escapista) de lo que fueron las pequeñas cosas valiosas del año. Para todos, el año se va con cosas importantes entre manos, para otros solo será un atisbo de repetición. Ya lo saben, habla nuestro robot interior desde la orilla de Facebook: “Este año ha sido fabuloso. Gracias por haber formado parte de él”.
Y ese robot puede ser cruel, quiere ser cruel.
Las cosas seguirán su rumbo en un próximo calendario. A la deriva quedan esas canciones que servirán de ganzúas para abrir las puertas a recuerdos de todo lo que fue y lo que pudo haber sido de los paisajes, rostros, ideas y hábitos que visitamos a lo largo de 365 días de relaciones, de vida ordinaria, de guerra cotidiana y silenciosa contra el tiempo muerto.
Este listado que ahora comparto no fija ni a las “mejores”, las “más influyentes” o las “más importantes” canciones del año. No somos dictadores en esta casa, no para esas cosas. Mejor pensemos en que cada canción ahí es como una fiesta de actores de reparto que solo sirvió para realzar mis días sin mayúsculas. Son las mejores, pero solo las mejores de mis días ciegos. Algunas son especialmente atractivas, de esas que se roban las luces y el maquillaje del actor principal, pero muchas de ellas solo son pequeñas y anodinas, terribles y maravillosas, pero con una gracia tan decisiva que pueden llegar a ser amigas de la emergencia cotidiana y mutar en cómplices a la hora de componer un destino cualquiera, el destino de andar por la casa sin zapatos.
Las pequeñas cosas, la ironía de las pequeñas cosas es gigante.
Cada canción aquí es una invitación para ustedes, una representación, lo cual ya es mucho decir en una época en la que muchas canciones solo tienen vida como fondos de pantalla en la fábrica de todos los días. Días como salchichas.
Y ahora unas palabras especiales para algunas salchichas, como guiño.
Los amantes del astillero épico tienen aquí un gran bosque, por ejemplo. Ya saben, dice así: “As it breaks, the summer will wake, but the winter will wash what is left of the taste”. Pocas veces un bajo, una voz inestable y un corazón synth-pop han logrado ser tan narcóticos, tan inteligentes en su retrato de los combates cotidianos del deseo. Seasons podría ser el paréntesis más elocuente, el extremo perfecto para aquel génesis equivocado de Ian Curtis y compañía. Podríamos jugar, un poco a lo dadá o un poco a lo DJ trasnochado, con esta mueca: “When routine bites hard and ambitions are low, and resentment rides high but emotions won’t grow”, porque después de todo, claro, “People change, but you know some people never do”. Piezas de un mismo barco sin mar.
Revisemos otro costal. Los amantes de la frustración sentimental más dulce sabrán reconocerse en esta otra: “And the only thing that really matters is the one thing I can’t seem to do”. Y por supuesto, esas guitarras que son como pucheros, lamentos de unos cuantos malos complejos. No salgan de la cama un domingo.
Los amantes de los paisajes que se expanden sin tanta mansedumbre encontrarán a un nueva versión del Johnny de Robert Palmer, ahora en la voz über-decadentista de Bryan Ferry al comando de Todd Terje. También precisarán de esta otra postal como salvavidas: “I cannot give less than my heart in spite of all the love inside, there is a question I’ve been asking“.
Los amantes de la dureza ligarán con la meritoria rabia de nuestra Babel y sus torres de papel. Por otra parte, los enamorados de las peores películas de la realidad no le han prestado la atención suficiente a esto: “what’s the point of even sleeping?”.
Angustia y ternura, eso trae Beck. Un gurú sin recetas. La pasmosa habilidad para escapar de una identidad sin caricaturizarse, sin traicionar una personalidad. Ahí está Spoon. La anécdota más difícil, la guerra más tranquila contra la vida ordinaria y sentimental. Ese es el retrato sin miedo en el romance de Sharon Van Etten.
Y no dejemos pasar esto, rápidamente: Eno volvió a ser Eno y Hyde siguió siendo el mejor Hyde. La épica compasiva más clásica e influyente del rock de estadio y bares reencarnó en Red Eyes. La sueca Robyn celebró el orgasmo electrónico de los noruegos Röyksopp con una intensidad pop inagotable, levemente insoportable, inolvidable si nos dejamos llevar por ella en un baile espasmódico. Hace unos años cantábamos esto en otro lado: “The joy of repetition really is in you”. Sí.
Y aquí, también allá. Esa otra canción de Sun Kil Moon. Aquel avatar de Damon Albarn. La confirmación de lo que todavía no logra Javiera, pero que igual intenta. Iceage, GusGus, Liars, Lana del Rey, Caribou, la inmamable pero inevitable FKA Twigs. El insoportablemente necesario Ariel Pink. La incógnita de los Meridian Brothers. La conspiración bailable de Cookies y La Roux. La ensalada de Marc DeMarco.
Y un largo etcétera para todo eso que pasó.
En fin, los amantes de los gatos no encontrarán gatos. Encontrarán, eso sí, un listado largo en el que tal vez algo los enamore, en el que algunas cosas los molestarán y aburrirán. Tal vez algo que nos permita comenzar una conversación después, porque ahora no escribiré acerca de cada una, no hoy, no esta semana, no en este episodio de celebraciones que gritan: “déjalo ir, déjalo ir que solo fue un año más”.
Parece una tontería, pero al final queda esto: bailemos, bailemos mientras el mundo, las personas y las cosas que no son cosas tratan de cambiar.

114 canciones en forma de truco:
Y le dimos forma a esta lista de 114 canciones en Spotify, que serán en realidad 113, porque la número 114 (Loop De Li, de Bryan Ferry) no está en el catálogo de la página web satánica favorita de esta temporada. Pero siempre nos quedará YouTube, así.